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Helter Skelter economics PDF Imprimir E-Mail
Al hilo de la actual crisis bancaria y sus consecuencias, podría decirse que los mismos valores que la han precipitado tienen su fiel traducción en el mundo de las organizaciones y el trabajo.
   En otro orden de cosas, no deja de ser una contradicción cómo cotidianamente manifestamos nuestra desconfianza en la clase política y los Gobiernos y, a la vez, nos sentimos aliviados porque éstos nos venden una solución que no deja de ser un parche de circunstancias que no ataca lo fundamental: un auténtico control ciudadano y democrático de los ámbitos de poder, públicos o privados.
 
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La desregulación financiera acompañada de los llamados ajustes estructurales en ciertos países y la mundialización, trajo la sobrevaloración de activos, la especulación y la mentira. Todo esto, una vez que revienta la burbuja y se equilibra bruscamente la situación, deja en entredicho la confianza en el sistema y deriva en graves crisis económicas como en México (1994), tigres asiáticos (1997), Rusia (1998), Brasil (1999), Argentina (2001), sector tecnológico (2000), inmobiliario, bancario, etc.
   Naturalmente, cada caso con sus particularidades, pero ¿no son los valores que subyacen a estas crisis, más o menos, los mismos que poco a poco van echando raíz en la cultura del trabajo? Por ejemplo:
> Nada a largo plazo. Rentabilidad extra y tiempo están reñidos. Por el plus de beneficio, la empresa renuncia al compromiso sincero (y viceversa). Desaparece la relación laboral a largo plazo, pero también los pequeños reconocimientos que suponían los trienios, los ascensos de nivel cada ciertos años, los traslados a destinos más agradecidos. Todo esto se devalúa poco a poco como algunos valores y monedas. Permanece la cosmética, como las revistas de empresa, la retórica, la publicidad, etc.
> Inestabilidad (volatilidad de los mercados) es la palabra.  Quedó atrás hace tiempo la pacífica y gris rutina weberiana: hoy vendes supercuentas y tarjetas en oficinas bancarias muy distantes unas de otras, mañana estás en una consultora (o en una fábrica), pasado abres una franquicia con un conocido, y vuelta a empezar... Hay que estar dispuesto a reinvertarse, readaptarse, ser flexible, proactivo... Siempre en un mundo inesperadamente cambiante. No necesariamente es un cambio a mejor. Siempre hay altibajos, tensión e inseguridad. Incluso dentro de una misma empresa las carreras son una montaña rusa: empiezan abajo, suben y vuelven a bajar sin otro motivo que la (excesiva) edad, la empatía con nuevos cargos, el sometimiento a ciertos códigos...
> El ganador se queda con todo, o casi, sin merecerlo. El liberalismo que se hace desde el poder lleva al darwinismo social, a la jerarquización de las relaciones, por mucho que apele al libre acuerdo entre personas. Decenas y decenas de millones fueron perjudicados en las crisis de los mercados de los noventa; pero unos pocos miles de profesionales financieros se forraron con unas reglas de juego hechas e su medida. En el trabajo, por otro lado, ya sabemos que las diferencias salariales entre mandos y empleados se acentúan año a año, con unas reglas de juego hechas a su medida también. Además, existe un vampirismo que ha ido creando formas de explotación más sutiles que las que recogen los textos académicos clásicos, pero no menos vergonzantes, y que afectan a todo tipo de organizaciones, no sólo fabriles. Estas formas ya no se canalizan y descargan con  luchas sindicales sino con bajas laborales causadas por estrés, depresión, ansiedad, síndrome de estar quemado, absentismo presencial, prejubilaciones con perjuicio económico...
> No hay emoción. Si no hay socialización ni compromiso sincero, si competimos en un juego de suma cero, mejor no implicarse mucho emocionalmente, pues entre amigos no se hacen estas cosas.  Se imponen severos programas de ajuste macroeconómico y se toman decisiones que afectan a terceros, y subordinados en el trabajo, que nunca se tomarían en otras circunstancias. Se plantean estrategias y objetivos sabiendo que van a generar problemas entre quienes deben ponerlas en práctica porque no se empatiza con ellos ni se visualiza lo que va a pasar.

La eterna pregunta: ¿quién controla al controlador?

Las entidades financieras y otras empresas han demostrado una vez más tender al exceso, ser incontrolables por los poderes y regulaciones habituales, internos y externos y, por supuesto, poco merecedoras de confianza ciudadana. Con seguridad, muchas durante años habrán hablado de buen gobierno, responsabilidad corporativa y transparencia, lo que exige una revisión de todos estos conceptos o echarlos al cajón de los olvidos y buscar algo que los sustituya.
   Ocurre ahora que los Gobiernos del G7 y otros países tutelan o incluso se hacen cargo de los bancos quebrados o en serio peligro salvando así los ahorros y la dinámica del crédito. Ahora bien, el Estado comete sus propios abusos de poder, tiene protegidos, generalmente poderosos, bobos útiles, participa en juegos de influencias y clanes, elude sus propios controles y los de terceros, manipula, etc. Es una contradicción quejarnos de nuestros políticos y luego sentirnos aliviados porque se hacen cargo del problema. Y, al igual que en las empresas, es relativo que sus intereses sean los mismos que los de aquellos sobre los que se soporta (y bien que se soporta).
   En fin, sea público o privado, todo queda fuera de un auténtico control ciudadano, democrático, directo, que inspire confianza, ni hay nada que garantice en las organizaciones e instituciones una división de poderes que disuada, o que obligue a buscar un camino común, de forma que prevenga a unos de hacer valer intereses creados si hay otros que lo pueden contrarrestar.  Lo mismo da Estado que empresas.

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N.B.: Helter Skelter, conocido tema de Mcartney, me vino a la cabeza tras uno de los derrumbes de los índices. Es una de las canciones de los Beatles más celebradas y sienta el inicio del rock duro (a veces, Paul también era duro). Sin embargo la letra, infantil, pone el contrapunto a la música: habla de las subidas y bajadas en un tobogán. Bonita banda sonora en todos los sentidos. La música agitada es lo que se les quedará a muchos; sólo unos pocos (analistas y brokers) disfrutarán con la letra.

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