Vivan San Puente y San Lunes

La historia del trabajo es la historia por ganarle tiempo al tiempo para uno mismo. No tiene sentido limitar horarios cuando se puede disfrutar de una tarea y de lo que le rodea en forma de símbolos, estatus, consumo, etc. Pero la división del trabajo en relaciones de poder, por encima de la eficiencia, hace que, desgraciadamente, para la mayoría de la sociedad salarial sea sobre todo una carga

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Las élites jacobinas, al triunfo de la Revolución Francesa, impusieron un calendario con semanas de diez días. Barriendo el domingo de la costumbre se quería acotar la influencia social del clero y también organizar racionalmente, según decían, el trabajo en años de crisis. Todo ello en beneficio, cómo no, del pueblo, al fin y al cabo movido más por sus pasiones que por razones.  Ni qué decir tiene que este cambio fue burlado por los sans culottes e incluso por los más ardientes revolucionarios. Había 16 festivos menos al año y por duro que fuera ganarse la vida o perentoria la revolución, ¿dónde estaba el beneficio para uno mismo o el imperativo moral ciudadano por trabajar más? En el Imperio, pocos lamentaron la vuelta al calendario gregoriano.

También en la URSS, con la vana intención de incrementar la productividad, se ensayaron delirantes experimentos con los festivos, sustituidos por descansos en turnos rotatorios. Quien podía renunciaba a la santidad revolucionaria, estajanovista y calvinista, el domingo, que oficialmente no existía, y con pretextos se ausentaba del trabajo para estar a lo suyo. Y es que la historia del trabajo por cuenta ajena es también la historia por ganar tiempo al tiempo para uno mismo. La CEOE propone trasladar los festivos entre semana al lunes o viernes más próximo, evitando que la gente “coja puentes” como los de este diciembre. Así figura en un estudio que hizo público este colectivo de empresarios en octubre, en el que se pide “racionalizar el calendario” -otra vez- para ganar productividad, y que están estudiando partidos y sindicatos. Hay que decir que en Italia acaba de ser rechazada una propuesta parecida, cuestionada por el sector turístico y la Iglesia.

Aunque son cuestionables las cifras que se dan, algo de razón hay en este informe si se piensa en procesos organizativos cuya interrupción y posterior reinicio implican un alto gasto. O en ciertos servicios que precisan para prestarse de equipos completos. Es para tratarlo en cada caso. Pero por lo demás, de instaurarse esta coacción en ciernes, es dudoso que llame a la alegría en nuestra sociedad salarial como sostiene alguna encuesta. Afecta a las costumbres y recorta a las personas la oportunidad de responsabilizarse de sus decisiones relativas al trabajo -por qué trabajar mañana en lugar de hoy-. Y es que, contradiciendo a la demoscopia, en este puente de la Constitución se contabilizaron unos diez millones de desplazamientos por carretera. También es contradictorio el discurso que predica la centralidad del trabajo en la vida, más cantidad de labor con intensidad monacal en el interior de las organizaciones, pero el consumismo como principal forma de ocio; y quemando la tarjeta de crédito. Por otro lado, dados a racionalizar, habría que empezar por la atípica jornada laboral española, prolongada hasta bien entrada la tarde en muchos sectores, tanto en industria como en servicios, lo que impide la conciliación de la vida familiar y es una merma a la productividad según diversos estudios.  Respaldando esta propuesta, se pone de ejemplo al Reino Unido, país que hace un tiempo eliminó los festivos entre martes y jueves. Podría ser, pero los británicos, con estadísticas de la OCDE, Eurostat y Eurofound -similares las tres-, trabajaron en 2009 ó 2010 de 20 a 50 horas menos al año por empleado que en España. Y también dedican menos horas en la semana al trabajo. De compararnos con este país, podríamos empezar por lo bueno, como democráticamente querría la gente.

Algo que sí nos ha legado “la isla” -expresión tan british- es lo que en algunas culturas aún se llama “sábado inglés”: un fin de semana que empezaba la tarde de sábado. Gracias al sabbath, y a EEUU, ahora empieza el viernes tarde en muchos negocios. El origen del “finde” es verdaderamente singular. En la Inglaterra de la Revolución Industrial, hacia 1860, los empresarios establecieron la jornada laboral en 12 horas o más al día, con unas 3.500 horas de trabajo al año. Ayer como hoy, las manos fuertes del mercado mandan y la pugna para ganar días de descanso por las capas sociales subalternas se resolvía a veces a puñetazos o algo peor. Pero el responsable del “finde” en realidad fue “San Lunes”. Los puritanos, con su énfasis en la falta de esfuerzo y sacrificio popular, forzaron una extrema sacralización del domingo, sin dejar apenas tiempo para la diversión a los humildes en su único día libre. Algunos de estos empezaron a tomarse el lunes libre porque sí. Bueno, alegando indisposiciones –por resacas, heridas por combates de boxeo y otras actividades consideradas indecentes. Pero es que en “San Lunes” se dedicaban igualmente a las apuestas, carreras, peleas de gallos, rugby, cantinas... Así que, para atajar esta indisciplina social, en 1874 se legisló conceder la tarde del sábado para el ocio. Y, bueno, así hasta hoy. Para trabajar con horario y seriedad laboral alemana, ¿será cuestión de divertirse más?

Juan Pablo Campos.
Dominical de economía y gestión de Heraldo de Aragón. Diciembre 2011

 

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